Los médanos

Amparándome en la ficción, quisiera recordar historias que nunca me sucedieron, o que quizás sí, allá en mi querida Valeria del mar de los años noventa. Cualquier similitud con la realidad será pura coincidencia, por que lo pido que nadie se sienta tocado con los personajes. 

Los Médanos

Tenía una duda existencial, de esas que todos tenemos en algún momento de nuestras vidas. Estaba en la playa, tipo 4 de la tarde, y no sabía si me estaba meando o también venía la diarrea. Si me estaba meando el problema era muy sencillo de resolver. Decía un; – Voy al agua! Salía corriendo hacia el mar, me mojaba hasta la cintura, y ahí, buscando un lugar donde no rompan las olas, hacía como que contemplaba el paisaje, el horizonte, buscaba Africa a lo lejos, y de paso, dejaba escapar el pis en el mar. El que no hizo pis en el mar miente descaradamente. Nadie va a ir a buscar un baño sucio en un parador en la playa teniendo la posibilidad de ahorrarse ese trámite yendo al baño más amplio del mundo. Después de todo, todos los peces del mar también hacen sus necesidades en el mar, así que tampoco es que es una pileta de natación ni mucho menos.

 El tema venía recontra complicado. Habíamos comido al mediodía unos fideos con salsa recalentados del día anterior, después fuimos a la playa, estuvimos jugando al futbol, nos metimos al agua, y después salieron unos mates medio tibios con churros.  El cocktail perfecto. Mi casa estaba apenas a 100 metros de la playa, pero me di cuenta de que el baño iba a estar descartado porque haciéndose el boludo, mi hermano dijo: – Voy a casa, me olvidé algo, y salió corriendo, como no aguantando el asunto. Era recontra obvio que iba a cagar y que si no lo dijo a los cuatro vientos es simplemente porque le dió vergüenza.

 La opción del mar estaba descartada porque había una opción 2 que si se confirmaba se podía armar un lio en el mar, así que preferí que no. La opción del parador tampoco; Ya de por sí te miraban con cara rara si no eran consumidor del bar para ir al baño, así que ir y detonarlo gratis no daba. Con la opción de casa descartada por mi hermano, y la opción del mar descartada por peligro  marea marrón, quedaban los médanos.

A los médanos se va por diferentes motivos: Los nenes, van a explorar los médanos. Mucha gente va a mear a los médanos. Alguno con necesidades mayores, también va a cagar a los médanos. Es una excepción, pero que los hay, los hay. Como lo médanos están reparados del viento, muchos también van a tomar sol o directamente pasar el día en el médano. Hay chicas que no se animan a hacer topless en la playa y se van a buscar un lugar escondido entre los médanos para tomar sol. Y hay parejitas que también, como no, van a chapar (los adolescentes) entre los médanos, y otros directamente van a coger a los médanos. Y además, están los pelotudos de siempre que van a andar en cuatri entre los médanos.

Lo mío debía ser un trámite rápido, o podía desembocar en cualquier cosa. Eso solo lo iba a saber a último momento. Una sensación rara de explicar. Yo sentía que si el meo salía tranquilo, no iba a haber necesidad de ningún desastre en puerta, así que me fui hacia allá nomás: – Voy a mear a los médanos!, avisé, y encaré para ahí. No sé por qué decir que uno va a mear en re común y nadie dice nada, pero si llego a decir: Voy a cagar a los médanos, ahí sí que me mirarían todos como un asesino serial. En el camino a los médanos vi un gordo que también iba para el mismo lugar y tenía unos Carilina en la mano, re disimulado el loco, así que traté de encaminar para el lado contrario donde iba al gordo, no sea cosa que nos encontremos en el mismo médano cagando.

Pablo era medio lento, la que agitaba siempre era Ana. Eran pareja hacía un año, pero en la casa de la familia de Ana, donde estaban vacacionando, era imposible tener intimidad. Ana tenía dos hermanas más y otro hermano, además del papá, la mamá, y la tía Marta. Pablo tenía que hacer buena letra y no podía hacer ninguna en la casa. Dormía con el hermano de Ana en una habitación, y Ana con sus dos hermanas. Todavía eran chicos, tenían 18 años.  Pablo!!! Le grita Ana, ¿Vamos a dar una vuelta? No, mas tarde Ani, hace calor, estoy bien acá en la carpa.  Pablo!!! Vamos!!!?? Le dice más fuerte, y con los ojos grande y solo moviendo los labios sin emitir sonido le dice: ¿Vamos a coger a los médanos???? Recién ahí cayó Pablito. Así que fue hasta su mochila, agarró un preservativo y salieron a “caminar por ahí”. Ana, un poco más precavida, agarró una lonita. Sabía de esas cuestiones, porque hacía un par de años un vecinito de las vacaciones le había enseñado eso de usar los médanos para cosas más entretenidas que tirarse haciendo trompo.

El gordo Walter era un abonado a los médanos. Ya no le importaba nada el que dirán. Religiosamente todas las tardes se iba a cagar a unos arbustos que prácticamente tenían su nombre. Vivían re lejos de la playa, así que no podía ir a su casa. Les decía a sus viejos: – Ahora vengo, voy a mandar un fax. Y se iba con un cacho de papel higiénico metido en el pantalón o con unos sobrecitos de Carilina si tenía. El pibe era recontra disciplinado y metódico. Iba, hacía como un pocito, hacía lo suyo, y después lo tapaba con arena como un gatito tapa sus desechos. Ni rastros quedaban de sus acciones. Un cagador serial. Podía cagar todos los días, que nunca iban a adivinar donde había cagado.

Dieguito era un pobre y peligroso pelotudo con plata. Como los papás no se lo aguantaban mucho, se la pasaban dándole plata para que se vaya a entretener con algo. Ese verano su obsesión eran los cuatriciclos. El infeliz pensaba que se las sabía todas, y salía con el cuatriciclo a toda velocidad y jugaba a agarrar rampas en los desniveles de los médanos. Si de pronto se le aparecía una persona de la nada tiraba el volantazo y se reía como un enfermo mental, con el perdón hacia los enfermos mentales por compararlos con este imprudente e infradotado al volante. El primer día del verano casi atropella a un nene, pero como los padres nunca se enteraron, el pelotudo siguió andando en cuatriciclo. Que mate a alguien era solo una cuestión de tiempo.

Emilse brillaba en la noche. Su bronceado era increíble. Nadie estaba tan morena como ella. Tenía una obsesión con verse directamente color bronce. Su pelo era morocho oscuro, pero después de unas cuantas decoloraciones tenía ese rubio playero que todas las chicas en ese momento querían tener. Ella era de una tez oscura, pero quería verse brillante, por eso buscaba broncearse toda. Como siempre había viento a orillas del mar, les decía a sus amigas que se iba a tomar sol a los médanos y ahí aprovechaba para tomar sol sin la parte de arriba del bikini que le hacían esas líneas asquerosas en la espalda que le arruinaban el bronceado.

Tiago y Santi eran dos terremotos de 11 años. Eran compañeros de basquet del club de barrio, y como se llevaban re bien, los padres decidieron alquilar algo en la misma zona balnearia así ellos compartían el verano juntos. Tiago era más cerebral, pero Santi era pura energía. A veces dirigía las acciones Santi, y otras Tiago. Esta vez fue Santi el jefe de operaciones; – Tiago!!! Le grito, vení! Acompañame, vamos a explorar los médanos! Y ahí se fueron los dos para las dunas.

El escenario dunesco en Valeria del Mar para esos años noventa era un libro abierto; una caja de sorpresas, un lugar que se podía convertir en el paraíso, en el infierno, en una pista de cross o en un baño gigante. Como es una zona de dunas y vegetación, está muy reparado del viento, lo que hace que la temperatura sea bastante más elevada de la que se siente en la playa, con el viento pegándote de frente y con la sensación de la cercanía del mar.

Así las cosas, era una cuestión de atar cabos sueltos y ver que acontecimiento iba a chocar con que acontecimiento: Por ejemplo, el pelotudo de Diego era capaz de agarrar una duna y pasar justo por encima de Ana y Pablo mientras estaban garchando. Capaz Emilse tiraba su pareo y cuando apoyaba sus piernas notaba una densidad en la arena un tanto diferente, como más blanda… y olorosa.  O capaz Tiago y Santi eran los que descubrían al gordo Walter en pleno acto terrorista.  Capaz yo mismo veía a Walter cagando a lo lejos por ahí en las dunas. O capaz veía a Anita y a Pablo amándose en cámara lenta. Quizás veía a Emilse bronceándose, o si tenía mucha mala suerte podía cruzarme con el sin cabeza de Diego con su cuatriciclo a toda máquina. O quizás ninguno se cruzaba con ninguno. Después de todo los médanos son gigantes y cada duna, cada arbusto y cada pliegue de arena, hacen que sean casi un mundo aparte y que no tengan ni la menor idea de que es lo que puede hacer del otro lado del médano.

Corbeta Halcón divide los médanos cercanos a casa en dos; para un lado, están los médanos familiares, los que usan todos para ir a tomar mate, para ir a juntarse, los que están al reparo del viento y lo usan muchos cuando hay viento, por lo tanto, se puede decir que son los médanos del bien. Del otro lado de Corbeta Halcón están los otros médanos; los oscuros, los grandes, con pasadizos secretos, los ocultos, los privados, los peligrosos, los morbosos, los aventureros. Sería el lado oscuro de los médanos. Médanos gigantes con mucha vegetación, con muchos desniveles y con muchos recovecos. Como un laberinto. Son médanos donde por la noche alguien hace fogones, porque al otro día se ven restos de cenizas y petacas de wisky barato en la arena. De ese lado, el lado oscuro de los médanos, es que estábamos todos los que les comenté anteriormente.

Pablito y Ana se apuran así tienen más tiempo para su asunto. La que manda es Ana, que conoce los recovecos de los médanos y sabe de un lugar pasando entre unos pasillitos de arbustos entre la arena que después de una bajada abrupta y de pasar por un túnel de ramas, se llega a una zona aislada y aclarada en el medio del bosque de médanos. Ella va al frente rompiendo las ramitas como indio en una selva, y Pablo la sigue detrás, un poco sorprendido por las habilidades de su novia. El pasadiso estaba bastante cubierto por ramas, pero después del paso de Pablo y Ana el camino había quedado mucho más transitable. Estaban en el lugar ideal. Ana desplegó su lona, se arrodilló en el piso y acto seguido te tumbó mirando el cielo. Pablo la miró, admirando su belleza, no pudiendo creer que ella fuera su novia. Estaba preciosa: su cabello estaba recostado sobre la lona y ella tenía las piernas juntas puestas de costado como si fuera una sirena. – Estas increíble, le dijo.  Bueno, entonces aprovecha a esta chica increíble, dijo Ana, y se sacó la remera y el pantaloncito. Pablo se sacó también la remera y empezaron a los besos acostados en el medio del desierto de dunas.

 Yo había llegado a los médanos pero tenía que decidirme. Si solo iba a mear podía hacer en cualquier lado, pero mi estómago era un recital de maullidos de gatos. Hacía un sonido raro. En el mar había un viento bastante constante y fuerte, pero llegué a los médanos y el viento se anuló. Ya no había más viento y el calor era mucho más fuerte. Empecé a transpirar, no sabía si por el calor o por lo que se me venía. Lo sentía. Me quise meter entre unos arbustos y un carancho salió volando a centímetros mios. Me asusté todo, ni lo había visto. Pensé que se había ido el puto carancho, pero enseguida volvió y me empezó a gritar. Maldito carancho, seguro tenía el nido en esas ramas, así que tuve que irme de ahí a buscar otro lugar más adecuado. Ya estaba transpirando y no aguantaba mucho más. Era si o si por ahí cerca, pero cuando me estaba por desabrochar el short pasó una morocha despampanante caminando en medio del desierto y tuve que detener mi acción. Ella iba a paso firme son su bikini roja arriba y negra abajo y su pareo hacia el corazón del bosque. Sabía que iba a tomar sol en tetas a un lugar oculto, era recontra obvio.

Santi iba a la cabeza de la expedición y cada tanto miraba para atrás y le decía a Tiago; Dale!!!! Por acá!!!!  – Si, si, ya voy, decía Tiago, que iba como 30 metros detrás. Santi se moría por explorar y meterse en los médanos. Por acá!!!! Seguía diciendo. – Ahora por acá!!!! Decía, y miraba para atrás para ver si Tiago le seguía los pasos. – Por este pasadizo!!!! Dijo Santi, y se metió. Hizo como 30 metros por debajo de unas ramas, y cuando miró para atrás, Tiago ya no estaba más. 

 Tiago seguía su intuición y lógica. Iba siguiendo a Santi porque veía las pisadas recientes. No había forma de perderse. Además lo escuchaba, así que no era nada difícil seguirlo. Prefería ir tranquilo. En un momento vió una bifurcación y pisadas para ambos lados, pero ya no escuchaba a su amigo. Se decidió por ir para la izquierda. Santi había ido para la derecha. Los que habían ido a la izquierda eran Ana y Pablo.

El pelotudo se decidió por un cuatriciclo que nunca había usado. Al pibe le dijeron: mira que tenés que ser prudente con el cuatriciclo, no podés andar haciendo cualquiera. – Si si, dijo Dieguito, y agarró Espora a todo lo que da, la primera cuadra yendo de contramano. Se había olvidado el casco en la casa de alquiler de motos. En realidad, se había olvidado a propósito, no se lo quiso llevar porque el sostenía que sin casco era más aventura. Un idiota importante. Encaró por Espora derecho hasta Azopardo, después siguió hasta Corbeta Halcón y de ahí aceleró con todo haciendo un ruido terrible para que todos lo vean arriba del cuatri. Su cara de emoción imprudente daba ganas de cagarlo a trompadas. Apenas llegó a la playa dobló a la derecha, para los médanos del mal, donde había muchas subidas y bajadas. En cada subida aceleraba fuerte y daba un gritito mezcla de pánico y emoción. Detestable. 

 El gordo Walter iba por lo suyo. Su trámite era muy rápido, no solía tardar más de un minuto con su ida al baño en los médanos, el problema era que entre que hacía el trámite, se limpiaba y tapaba sus heces con la arena, el olor a feet lot que desprendía se podía llegar a sentir a media cuadra a la redonda, y mucho más en esa zona sin viento que aleje el aroma rápidamente.

Emilse también tenía sus lugares preferidos para tomar sol. Había un lugar que costaba muchísimo llegar, pero si te abrías camino entre unos arbustos que dejaban mover sus grandes ramas, enseguida llegabas a un lugar completamente solitario e inaccesible. En la playa había viento y el calor no se sentía, pero ahí donde había llegado no corría una gota de viento y el calor se hacía sentir. Ya solo con correr las ramas Emilse estaba mojada de transpiración. Ahí mismo tiró su pareo, se puso aceite de Hawaian Tropic, se sacó el top de la bikini y se tumbó al sol. 10 minutos boca arriba, 10 minutos boca abajo, girando y girando como si se estuviera rostizando un pollo al asador. Su piel tenía un color bronce, pero sus pechos estaban mucho más blancos que el resto del cuerpo, de un color al mármol brilloso de las esculturas romanas.

Antes de hacer la última curva Diego sintió que algo olía mal, pero no se dejó guiar por sus sentidos y continuó acelerando. El gordo Walter estaba en el momento exacto de “mandar su fax”.  Sentía a lo lejos un ruido a motor que cada vez se hacía más potente. De pronto desde el horizonte del médano cercano vió saltar un cuatriciclo por el aire con un idiota encima que tenía la boca abierta y los ojos desorbitados. Diego tenía que decidir todo en ese segundo, si cuando caía el cuatri seguía su camino derecho, se llevaba puesto a un gordo cagando que tenía justo enfrente; si intentaba girar el volante el cuatri iba a doblar, pero lo más seguro era que iba a volcar. Fue su último momento de lucidez. Dobló el volante, le pasó cerquita al gordo cagando junto al arbusto, y siguió como unos 5 o 10 metros solo con las ruedas del lado izquierdo (en Willy de costado), hasta que no pudo dominar más la situación y se la puso derecho contra unos arbustos. El pibe quedó debajo del cuatri, como San Martín en la batalla de San Lorenzo. El gordo Walter hizo de soldado heróico y fue a ayudarlo.

 Walter no podía creer lo que acababa de pasar. Un cuatri volando por los aires en el momento exacto en que el hacía su trámite y el desenlace mencionado. El gordo terminó rápido su trámite, tapo su cacona y fue a ayudar al pelotudo heróico que por lo menos priorizó la vida del gordo antes que la suya. Por suerte el gordo tenía fuerza. Le sacó de encima el cuatriciclo a Diego que había quedado medio inconsciente en la arena, lo enderezó y fue a ayudar al pibe. Diego tenía unos moretones en las piernas, unas raspaduras en sus brazos y comenzaba a sangrar del codo, pero como la arena y las ramas ayudaron a amortiguar la caída, casi que no tenía más heridas. Walter lo alzó, lo ayudó a levantarse y Diego enseguida hizo como que no pasaba nada, a pesar de estar todo moretoneado y raspado. – Estoy bien, estoy bien, dijo, y se subió de nuevo al cuatri. Estaba temblando de nervios. Salió manejando despacito, casi a paso de una persona caminando, como volviendo para el local de alquiler de cuatris.  Walter lo vió irse. Mientras veía la moto pensaba en lo frenéticos que habían sido esos últimos 5 minutos. Respiraba agitado y estaba transpirando. Ni se acordaba donde había dejado los carilina. Ni tampoco el carilina con el que se había limpiado. Todo había sido demasiado rápido, todo había sido en un momento. El gordo buscó, no encontró su papel higiénico, se encogió de hombros y se fue caminando tranquilo para donde estaba su familia. Se fue pensando si contar todo o no. Y que parte podía omitir y que parte no. Capaz no daba decir que el choque fue en el mismo momento que el cagaba. O capaz que sí.

   Tiago sigue las huellas y atraviesa un pasadizo de arbustos que en un momento hacía que solo se pueda pasar agachado, inclusive para los más pequeños. Le gustaba la aventura, así que siguió el pasadizo. Estaba todo oscuro, todo cubierto con un denso follaje, pero lo tranquilizaba que, a lo lejos, se divisaba una claridad. Siguió el camino, más sigilosamente y más atento a los detalles. Nunca había llegado tan lejos, ya era territorio desconocido para él. Sabía que Santi no había tomado ese camino, pero el por curiosidad siguió solo. La claridad al final del túnel cada vez era estaba más cercana. Avanzó muy despacio los últimos metros, y pudo ver un aclarado en medio del bosque. Era un espacio de 10 metros por 10 metros, donde no había vegetación, solo arena y pasto. En el medio de ese aclarado, había un chico y una chica desnuda que se acariciaban y hacían cosas extrañas para él.

  Santi siguió emocionado por su camino. Pensaba que Tiago le seguía los pasos. Pensaba que solo estaba unos metros atrás, por eso no se hacía problemas. Caminó, caminó y caminó por un sendero que parecía que daba vueltas para un lado y para otro, como un laberinto secreto, hasta que llegó a un médano cercano al mar, pero que tenía una pared de vegetación que servía de corta viento. En ese aclarado de arena, Emilse estaba acostada tomando sol en tetas. Eran las primeras tetas que veía Santi sin contar las de la madre cuando era pequeño. No podía creer esas formas en el cuerpo de la chica. No podía entender algo que no se imaginaba como era. Algo en el cuerpo le empezó a cosquillear, y cuando se dio cuenta, tenía el pito parado que formaba como una carpa en su pantalón. El corazón le empezó a latir con mucha más fuerza. Se quedó en un lugar donde ella no lo veía y entendió que quedarse viendo esa chica en tetas era un buen plan para su exploración diaria.

 Pablo y Ana acababan de hacer el amor. Pablo se tiró en pelotas boca arriba mirando el cielo y Ana se quedó desnuda mirando el paisaje que los rodeaba. A lo lejos y acercándose, vieron a un nene de unos 10 y 11 años que se acercaba caminando. Ana primero se asustó por verlo, pero después sonrió. Tiago estaba intrigado, no sabía que hacían esos chicos desnudos ahí en el medio del bosque. Se acercó un poco más y cuando estaba a unos 10 metros se frenó. Los miraba. Pensaban que estaban haciendo un pic nic, porque tenían como un mantelito, con la única diferencia que no había nada para comer y ellos estaban desnudos. Ana lo miraba con cara tierna, maternal, sonriendo. Cuando Pablo se dio cuenta del nuevo visitante también se le dibujó una sonrisa en su rostro. – Hola! Le dijo Ana. – Hola, le dijo Tiago, que no dejaba de mirar la desnudez de ambos. Se quedó como un minuto mirándolos. Ana y Pablo solo se reían y esperaban que el nene reaccione.  Acto seguido, Tiago dijo; – Chau, y se fue alejando. Caminaba un poco y después volvía a mirar para atrás para verlos una vez más. – Chau!, le dijo Ana, siempre sonriendo.  Tiago se fue caminando por el lugar que había venido. Prometió no contarle a Santi, porque si no iba a querer ir a ver a la parejita desnuda y los iba a interrumpir. Mejor guárdalo como un secreto. Quizás algún día se lo cuente a alguien, pero más adelante.

  Santi se quedó media hora escondido observando como una chica en medio de un descampado giraba para un lado y a los diez minutos giraba para el otro. Durante diez minutos concentraba su atención en las tetas de Emilse. Intentaba ver si estaban transpiradas y como eran los pezones. Estando a 30 metros mas o menos, no podía distinguir demasiado, pero la imaginación hacía el resto. Cuando se ponía boca abajo su espalda arqueada se parecía al color de un hierro oxidado, y con el pasar de los minutos iba cobrando brillo, hasta que se le formaba una piletita de transpiración en el hueco de centro de su espalda, donde pasa la columna vertebral. Su cola era como dos globos de color naranja, divididos por una línea apenas diminuta de su bikini negra.  Al darse vuelta el protagonismo lo ganaban sus tetas, que cuando quedaba acostada del todo quedaban apuntando bien al cielo y se acomodaban para los costados. Luego al apoyar los codos ella quedaba mirando hacia adelante, lo pechos caían y se le formaban dos tetas perfectas con forma de pera o gotas de agua. Esa era por lejos la posición que más disfrutaba de ver a la chica. Además, en esa posición, a los pocos minutos se le formaba una piletita de transpiración en el ombligo. Santi tenía una vista felina, capaz de distinguir detalles decenas de metros. Se moría por acercarse, pero sabía que si se acercaba se acababa el espectáculo. Se quedó un ratito. Se dijo a si mismo que ya se iba, pero a la vez no quería irse. Al final se quedó dos tomadas de sol de frente y dos de espaldas. En un momento pensó que ya había sido suficiente, así que volvió por su camino secreto a tratar de encontrarse con Tiago. Los padres lo iban a retar si no volvían juntos. Pensó si contarle a su amigo lo que había visto, pero prefirió no decir nada, no quería quedar como un pervertido espiador de mujeres desnudas.

Como producto de la casualidad, después del camino en que se dividía Tiago y Santi siguieron camino hacia la playa y se encontraron casi llegando a donde comienzan los médanos, bien cerca del límite entre la playa y las dunas. ¿Dónde estabas Chabón? Le dice uno. ¿Vos donde estabas? Te re perdiste chabón! – Es que es un laberinto este bosque!  Y así siguieron tirando lugares comunes, comentando sobre su expedición, pero sin decir nada de lo que habían visto. ¿Mañana volvemos? Dijo Santi. Obvio, dijo Tiago. Santi vió un par de veces más a Emilse tomando sol en tetas, y como buen amigo, llevó a Tiago a ver ese espectáculo. Tiago volvió a ese lugar oculto, pero nunca más volvió a ver esa parejita de pic nic desnudos en medio del bosque. Nunca se lo dijo a Santi ni a nadie.

Lo mío fue mucho más fácil de lo que imaginé. La panza me dejó de hacer ruido. Llegué a un médano, lo subí, y del otro lado había una bajada abrupta y otro arbustito. Me puse al lado del arbustito, me abrí el cierre de la malla e hice pis. La diarrea fue solo una falsa alarma. Las gotas de orina sobre la arena crean un efecto especial que es inevitable no mirar. Apenas se une la arena y la orina, se forma un montoncito de arena mojada que se separa de la seca. Así es con cada nuevo chorro, por eso resulta como un juego hipnótico querer ir mojando diferentes partes de arena seca, para ver como se transforma lo seco en mojado. A medida que el líquido va saliendo del cuerpo, el alma me fue volviendo al cuerpo, como una descarga de presión, como una vuelta a la tranquilidad. Pasé del pánico a la paz en tan solo unos segundos. Todo volvía a la normalidad. Estuve 30 segundos descargando líquido de mi cuerpo. No podía entender donde podía tener todo eso contenido. Es que había tomado mucha agua, mucho jugo de naranja y mucho mate. Terminé de mear y volví a subir el médano. A lo lejos vi a un gordo que volvía de los médanos a la playa. Un poquito más lejos dos nenes que bien caminaban hacia la playa. Más lejos aún, una parejita que corría y reía hacia una sombrilla. Intenté agudizar la mirada, pero no los distinguí. Pasa que acá en Valeria somos tan pocos que nos conocemos entre todos. Miré para el otro lado, para el lado de Cariló, y la vi a Emilse volviendo de las dunas, sonriendo para si misma. Santi no lo sabía, pero ella en todo momento supo que Santi estaba ahí mirándola.

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