El arte de tomarse el tren Roca

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Tengo una relación de amor odio con el tren. Sin lugar a dudas es el medio de transporte que mas me gusta. Las estaciones terminales son una belleza arquitectónica, hay estaciones pequeñas que parecen pueblos perdidos en otro siglo, y las esperas en el anden la mayoría de las veces son tediosas y otras veces son lo más lindo que nos puede pasar.

Les dejo un par de escritos que hice en tiempos en los que escribo cuando llego a casa y quiero dejar momentos grabados. Estos son sobre el tren Roca.

Postales del tren

Viajo en el tren hará unos 18 años, y a pesar de que lo he odiado mucho, creo que el día que deje de tomar el tren lo voy a extrañar. Muchas veces medité otras cuestiones como el auto o una combi, pero vuelvo siempre al tren. Tenemos una relación amor- odio, y a pesar de que los momentos de odio son feos, los momentos de amor son por los que vale la pena vivir.  Las demoras, los paros sorpresivos, las cancelaciones, los robos, el olor a pancho en el vagón, los vendedores ambulantes y viajar como ganado son los momentos feos que ni me voy a explayar sobre ellos, porque no vale la pena.

 Pero cuando lo feo pasa, deja lugar para otros ojos. Eso de ir conociendo (aunque nunca al punto de hablar con ninguno) a las personas con quien viajas todas las mañanas, generar complicidad, leer atrapado al pasamano, ver la canchita de Gerli que no se porque me hace acordar a algún cuento de Sacheri (Esperandolo a tito quizás..) , los talleres de Remedios de Escalada, pasar por Lanús y escuchar a la señora repetir: “hay empanadas tucumaaanaaaass”!!!, ver las pintadas de Darío y Maxi en Avellaneda, la gente de las fábricas que bajan en Irigoyen, llegar a Constitución y esquivar a la gente hasta salir a hornos, y un sinfín de recuerdos que de ser tan repetidos, comienzan a generar empatía en uno.

 En la estación de Constitución se concentra el pueblo del sur; desde el que va o viene a Tolosa, el que va o viene a Florencio Varela, a Tristán Suarez, a Longchamps, o a Santa Catalina. Y también están los chicos bien que van a estudiar a Capital desde Adrogué, Montegrande, Banfield o donde sea. Entre las 9 y las 10 de la noche es el horario típico de vuelta de los estudiantes universitarios, o por lo menos cuando más se hacen notar, porque entre las 4 y las 8 de la noche son mayoría los trabajadores volviendo a sus casas.

 Y además de los trabajadores, también están las familias enteras que se movilizan de un lado a otro todos los días, y también las madres con sus pequeñas hijos, como la que me crucé hoy en el tren, y que me hizo escribir estas palabras sobre el Roca.  A pesar de ser invierno, hacía mucho calor en Buenos Aires y específicamente en el tren, y el bebé de un año y algo jugaba y se quería sacar la camisita que le molestaba. Jugaba con la madre, dueña de una belleza y cuerpo aún juvenil y un rostro puro. Morocha de pelo lacio atado con una vincha, piel trigueña, un piercing en la nariz, y.  Fueron pequeñas imágenes de belleza urbana que cada vez que viajo en el Roca me sacan una sonrisa, y que extrañaré y recordaré cuando ya no viaje más en el tren metropolitano…

Tren de las 18 15

Estación Constitución, 6  y algo de la tarde, me subo al tren roca de las 18 15 semirápido a Claypole, suponiendo que si me subía a ese iba a conseguir asiento. No, en absoluto, no hay ninguno en todos los putos vagones. El premio consuelo es poder ponerme a un costado de la puerta del otro lado de donde abre. Como no para en Gerli porque es semirapido ni siquiera van a abrirla ahí. 18  05, cuando me subo, el tren esta bastante vacio. 18 15, cuando sale, el tren va repleto. Por suerte saqué mi libro antes y pude ponerme en posición de lectura antes de que un gordo se me ponga al lado, como dice la inevitable ley de Murphy.  Las primeras dos estaciones transcurren sin sobresaltos. El libro de Ricardo Piglia invade mi cabeza y mi atención, y toda gira en torno a lo que Marcelo Renzi le está contando a Volodia. 

 La estación de Avellaneda, o Dario y Maxi para otros, siempre es problemática, porque es evidente que suben más de los que bajan, y el tren se rellena más todavía. Lo único que queda es cerrar los ojos, aguantar, y esperar a ver cómo queda el tren de lleno.  O seguir leyendo bien concentrado y después levantar la cabeza. Eso hago, y de pronto me encuentro con que cambié al oficinista transpirado que estaba al lado mío por una chica rubia, con un suéter amplio y calzas, que está pegada a mí, casi sujetándose de mi para no caerse, medio con cara de asustada. La miro y ella aprovecha la ocasión para preguntarme: ¿La próxima es Gerli no? Si, le digo, pero este tren no para ahí, este es el semirápido, recién para en Lanús, la próxima. Sus ojos son de color celeste mar Caribe. Ella está visiblemente desalineada, pero tiene una belleza increíble.  Es que no soy de acá, me confundí entonces, ¿como hago entonces? Me dice con un acento a provincias del noreste increíble. Su voz y su tez denotan que es una chica de Misiones con descendencia alemana. Me mira a los ojos directamente cada vez que me habla.  Cruzamos unas pocas palabras, le explico cómo retomar en Lanús, y ese ínfimo contacto se convierte en algo casi intimo.

 Pasamos con el tren en velocidad por Gerli. Esta es la estación que te tendrías que haber bajado le digo. ¡Sí, qué pena! Dice, lo dice de una forma que me dan ganas de decirle que la acompaño a donde vaya. El amor platónico me dura solo unos minutos nomás, hasta que me acuerdo que tengo novia, después vuelve otra vez cuando ella se voltea para ir a la puerta y veo su figura entera. Ella esta a punto de bajarse en la estación de Lanús, y justo cuando me disponía a volver a leer mi libro, subo la mirada, ella se voltea y me mira por última vez antes de bajarse.

Aromas de tren

Tengo un problema con los aromas. Creo que por momentos los siento demasiado. Eso en el tren puede resultar fatal, porque cuando las puertas se cierran los aromas se intensifican.

Era un día de invierno, pero a las 8 de la mañana ya hacía 24 grados, y el termómetro marcaba 35 a las 6 de la tarde. Me fui a trabajar con zapatillas, jean , y camisa. Para darle un aroma rico a ese olorcito a verano del día, elegí ponerme unas gotas de Boss .  Para la vuelta a casa, a eso de las 6 de la tarde en el tren Roca hay una mezcla importante de estilos y tipos de personajes, por lo que uno tiene que ir eligiendo en los escasos segundos en los que pasa por el andén, donde quedarse. Preferí evitar la puerta donde estaban fumando al borde, la puerta donde se veía gente adentro comiendo panchos , el lugar donde estaban los grupitos de amigos adolescentes riéndose y empujándose, y también el que estaba el tipo vendiendo sus cds truchos con la música al máximo volumen. Me coloqué en un lugar con espacio en sus costados y tentar a la suerte para ver quien se ponga a mis costados. Inmediatamente vi que a mi costado se colocaba una chica de oficina. Tacos, pollera negra, remera blanca y gran escote. Ojos negros, pelo oscuro, y una cara realmente llamativa. Saqué mi libro y me puse a leer “historias de cronopios y de famas”, de Cortazar.   Me puse a ver por la ventana del tren y noté que todavía estaba detenido. De pronto un chica para su paso rápido, se mete rápido en el vagón y ubica en el costado mio que todavía quedaba libre. Ella tenía ojos grises, cara bonita, botitas all star blancas, falda a flores, tatuajes raros en los brazos y una remera olgada. Se calzó los auriculares, los conectó al celu, y empezó a ecuchar música muy alegremente, y como que a veces hasta atinaba a bailar y todo. A pesar de viajar parado en el pasillo a veces se crean como lugares que una vez que se llenan es de mala educación seguir ubicándose ahí. y también a veces en el tren se crean mini islas de gente que no quiere viajar con olor a panchos o papas fritas entonces se van formando grupos inconscientes de personas. Ya con las puertas del tren cerradas, la maquina comienza a moverse, y una persona quiere acomodarse detrás mio. Yo no iba  a permitir que me quitaran mi lugar mi ganado en el medio del pasillo. Pero esa persona se fue ganando un poquito de lugar de a poco. Me di vuelta para decirle que no empuje, pero me di cuenta que era una chica joven y que solo intentaba no estar tan apretada en el medio del pasillo, así que le cedí un poco de lugar. Jean gastado, zapatillas de lona bajas, remera gastada roja y una mirada penetrante . De pronto me encontraba apretadísimo en un día de 35 grados, pero rodeado de tres chicas. Las cosas simplemente pasan. Bajé en Banfield como quien baja de un sueño , o quien se despierta de una siesta, o como quien se levanta de una hamaca paraguaya en medio de la playa con vista al mar. Había viajado pésimo, pero rodeado de las tres chicas más lindas que había visto ese día. Gracias que existen estas nubes en la ciudad que nos hacen volar por un ratito para no morir aplastados en medio de la rutina diaria…

El tren y la lectura

Las actividades  que más me gustan hacer en el tren son leer novelas, o ver a la gente. En este caso estaba leyendo “Caminos invisibles”, un libro que relata el viaje de mochileros de una pareja argentina alrededor de Sudamérica. No se si está de más decirlo, pero cuando uno lee, o por lo menos es mi caso, la cabeza comienza a agrandar su capacidad de imaginación de una forma abismal, y ese agigantamiento  muchas veces se contagia con la realidad, por lo que terminás  imaginando situaciones  en tu propia realidad, o mezclás los sentimientos que percibís en el libro con los que tenés en ese mismo momento, por lo tanto tu realidad se confunde con la imaginación, como en los sueños.

 Mientras leía en esa mañana de verano en el tren Roca rumbo al trabajo, tenía sentaba frente a mí una chica morena, joven, piel trigeña, vestido verde, embarazada de unos 7 meses de seguro, en ojotas  y con una minúscula cartera. La belleza del rostro de esa chica era asombrosa. Como era una mañana de verano, ya hacía calor para esas horas, y su cara brillaba por la sudoración.  El libro justamente iba contando que se iban encontrando con gente muy amable en el camino, y una de esas personas había sido una chica boliviana de cara muy agradable.  Yo no estaba de viaje por Sudamérica, o en realidad si estaba haciendo un viaje (hacia mi trabajo), y no había visto a ninguna chica en el medio de las montañas, pero acababa de ver el rostro más lindo que vi  en mucho tiempo justo al lado mío, con su tez morena, su vestido verde, su embarazo  avanzado, y sus ojotas gastadas.

 El tren llegó a Constitución y todos fuimos bajando, y yo sentía que el tren tiene millones de tesoros dentro suyo, y que uno de esos había viajado justo al lado mío aquello mañana.

Consejo para viajar en los nuevos trenes del Roca. A pesar de que no está permitido, tiendan a irse para los fuelles que siempre están más vacíos que la parte cerca a la puerta. A la hora de salir la guerra será la misma, pero durante el viaje irán mucho mejor.

 Huecos del tren

El tren no venía y parecía que no iba a venir más. En el noticiero antes de salir habían dicho que había habido robo de cables en la estación Avellaneda, o Darío y Maxi para algunos, y que los tres iban a demorarse mucho más de lo que habitualmente se demoran. Era una tarde de otoño, ni frio, ni calor, aunque el cielo amagaba con llover porque de a ratos se teñía de gris manchado.  El andén de la estación de Banfield cada vez se llenaba más, y con el tiempo que pasaba, el tren iba a venir como mínimo repleto. Hasta las caras  en la pared de Pepe Biondi, Sandro y Cortazar mostraban signos de preocupación. Alguno que otro, como siempre, puteaba hacia el cielo.

 Ya cuando desde el andén uno puede ver que el banderillero de las vías que están a dos cuadras comienza con las señales de su bandera verde, se entiende que el tren está por llegar y comienzan los preparativos para la toma del tren. Será cuestión de pocos segundos decidir si tomarlo o no tomarlo, porque tampoco está bueno tomar un tren en el que vienen atrapados dos millones de personas casi sin respirar.

 El tren llegó a Banfield, las puertas se abrieron, y la suerte comenzó a esgrimirse, porque justo en ese vagón había muchísima gente que bajaba, entonces  quedó un hueco libre por el que pude entrar casi como cuando entras en un tubo de una ola,  y colocarme en un lugar medianamente razonable, aunque después el tren se volvió a llenar igual. Al lado mío tenía un señor mayor, atrás un gordo con traje de oficina que transpiraba en exceso, y a mi costado una chica universitaria bastante insulsa para decirlo  de una manera suave.   una chica morocha, con jean y una camisa escocesa azul, blanca y roja. estaba a unos metros de distancia por un hueco que se formaba a la vista. No era hermosa, pero tenía algo. De pronto me quedé colgado observando su rostro. La chica se dio cuenta de lo que yo estaba mirando, y por suerte solo atinó a reírse. Fue así como un tren lleno no pudo ni con mi alegría ni con la sonrisa de la chica de camisa escosesa.

 

Contrabajo en el tren

Ya lo contaré, pero había un señor que tocaba el contrabajo en el medio del tren.

Tren de las 17 40

Tren de las 17 40, un clásico. Yo salí con el tiempo justo de mi trabajo, a las 17 20, y tenía que caminar rápido esas 12 cuadras hasta Constitución, y llegar a abordar el tren en el Andén 6, de donde sale siempre. A veces  ciertas cosas es lindo que se transformen en rutina, como por ejemplo este tren, que va con la mitad de los pasajeros que van los demás trenes porque solo llega hasta Temperley.  Yo llegué medio agitado hasta la puerta más liberada, pero llegué. busqué un lugar más o menos abierto dentro del tren, y lo encontré cerca de la puerta opuesta a la que abría y cerraba, del lado de una chica morocha bajita, con el pelo sobre su cara. Saqué mi Libro que estaba leyendo de Magia en el camino, sobre una pareja viajando por el mundo, y me puse a leer con el libro arriba, porque estaba resfriado y si leía con el libro para abajo se me caían los mocos. Así de sencillo. La mirada de ella que todavía no había descubierto y la mía la separaban un montón de hojas. En Irigoyen bajé el libro, y su pelo ya no estaba sobre su cara, sino que se lo había corrido para el otro lado, y se podía apreciar que su rostro. La contemplé unos segundos y seguí leyendo. Estaba atardeciendo y justo por el Puente Pueyrredon se pueden ver los colores del atardecer y el sol cayendo sobre la ciudad. Mientras veía ese espectáculo, ella tenía la cabeza gacha, escuchando radio o música con su celular. Seguí leyendo. Después  de salir de Avellaneda, o Dario y Maxi como se llama ahora, corri el libro y vi su rostro y sus ojos directamente efocados en mi, que me estaban mirando, y que cuando devolví la mirada ella la bajó nuevamente. Sus ojos eran celestes, o algo así.

 El juego de lecturas, libros, miradas y nervios siguió hasta que llegamos a Banfield y yo me tenía que bajar. Estábamos uno al lado de otro y solo jugábamos al juego de subir y bajar la mirada. Pero yo no hice nada. Y ella tampoco hizo nada. Mientras me bajaba notaba que ella me seguía con la mirada, y apenas bajé del tren  la miré y ella se me quedó mirando. El tren cerró las puertas, y mientras  se alejaba ella cambiaba de posición dentro del tren para continuar con su mirada hacia afuera. Era la semana de la dulzura, y yo tenía 6 bon o bon y un tofi en el bolsillo de mi mochila. Podría haber aprovechado la ocasión para darle un bon o bon. Los 6 bon o bon que tenía en la mochila eran para mis compañeras de trabajo, que no se los dí porque no encontré el momento de dárselos. Y el Tofi era para mi novia.

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