Hospedaje en La Cañada, Cabo Polonio

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 Estando en la cabaña del Polonio tenía pocas cosas para hacer. Una era ponerme a leer, otra era meterme en el mar, y sino andar por ahí en la playa, pero estaba bastante desértica, y no había hecho muchas amistades en los primeros días, así que andaba medio perdido. Me dedicaba a caminar bajo el sol tajante hasta las playas del Cabo, recorrer sus inmensas dunas, y después volver agotado a mi cabaña.

Por suerte en el lugar había toda clase de locos, y me divertía con ellos. Tenía una pareja de cocineros dark que eran unos personajes. El tenía una guitarra con 4 cuerdas, y cuando terminaba de amasar el pan del desayuno se ponía a cantar canciones de un grupo de ska español, que no lo recuerdo bien, pero ahora que lo pienso debían ser canciones de Ska-pe.  Ella era morocha y flaca, y tenía el pelo tipo carre, El tenía el pelo negro y ojos claros, y tenía un diente partido. El tenía tatuado al Principito en la panza, y ella tenía en su piel al pequeño mundo de su príncipe con bufanda.

 En el medio del descampado de La Cañada había siempre alguna que otra carpa temporal, que medio que era ilegal y si te descubrían acampando te sacaban, pero el caso es que por los días que anduve yo había 2 hermanos rubios hippies, un chico y una chica. Ella siempre vestía de amarrillo (en realidad siempre vestía lo mismo), y el siempre vestía de rojo (idem). Se adaptaron al bosque de La Cañada y vivían ahí, al lado del arroyito, super felices y tranquilos. Vivían completamente en su mundo. A la mañana bien temprano me despertaba bien temprano, tipo 6 o 7, con la salida del sol, y veía que ella iba a darse un baño al mar como quien va a lavarse la cara para despertarse. Se sacaba su enterito amarillo, su bikini también amarilla, y se metía desnuda al agua, para secarse con los primeros rayos del sol y volver al bosque para empezar el día.

 Una tarde estaba mirando el mar súper colgado y uno de los chicos de la cabaña me dice: – Que vas a hacer más tarde? – Mmm.. nada, absolutamente nada, básicamente lo mismo que estoy haciendo ahora. Y me invitó a pescar pejerreyes con la red que estaba ahí tirada y que yo pensé que era de decoración.  La tarde se había puesto fresca, y estaba ya oscuro,  pero igual yo había hecho una promesa, así que nos metimos ya de noche, y probamos suerte. La primera metida no sacamos nada, pero después de varios intentos ya teníamos el balde lleno de pejerreyes, y llegamos a la cabaña con cara de: -Acá llegaron los machos que traen la comida, hay pejerrey para todos!!! Así que fue una linda velada comiendo pejerrey, y tomando whisky , y después salió faso y no sé que más que yo no consumía pero la mayoría si,  pero eso creo que es otra historia, aunque estoy seguro que una cosa fue llevando a la otra.

 En la mitad de mi estadía, recuerdo que llegó una chica a la Cabaña.  Ella era rubia, se llamaba Amelia, de Capital, muy fina ella, y también venía en plan de desconexión total del mundo, pero no lo conseguía porque parecía bastante histérica e inquieta, de mal humor, y todo le molestaba un poco. La noté como yo al principio, porque no se ubicaba en su espacio, no sabía qué hacer, estaba medio perdida, se quedaba en el cuarto que compartíamos organizando sus cosas, después salía un minuto, después volvía al cuarto… estaba reee pálida, su piel casi no podía exponerse al sol, el pelo lo tenía super prolijo y peinado,  muy blanca, y con ropa que podría llevar a un restaurant en Palermo. Se limpiaba las manos cada 5 minutos. Iba a la playa con su libro y todo lo que quería llevar en su bolso gigante,  y el viento le arrebataba todo. Se quedaba dos minutos en la playa, se frustraba, y volvía a la sombrita de la cabaña a ver el mar desde adentro, con cara de “no era esto lo que quería”. Así pasó los primeros días.

 Pero poco a poco se fue soltando, y con el correr de los días se fue adaptando al lugar. Unos de los últimos días vi a la chica hippie de todos los días, súper bronceada, corriendo y riendo por la inmensa playa casi desértica, con el viento que la despeinaba por completo y la hacía aún más bella. Cerca de ella estaba otra amiga hippie pensé, tirada en la orilla del mar, en plena soledad en la playa, toda llena de arena, tan sucia como hermosa, mojada, recién salida del mar, también despeinada por el viento que le hacía un tierno engrudo en su cabello rubio,  con su bikini de triángulos azul con estrellas aún mojada y también llena de arena, y descansando al sol. Su piel estaba dorada y todavía tenía esos puntitos que se producen por el escalofrío de la piel de gallina por la sensación frio calor cuando recién salís del agua. Lucía natural, relajada, armónica,  en total sintonía con el mar, con Cabo Polonio, y con una cabañita perdida en el medio de las dunas y acompañada de una mini cañada. Me fui acercando al mar, y también a esas amigas hippies, pero cuando me acerqué, me di cuenta que no era una hippie amiga de la hippie, sino que era Ame, que por fin había encontrado la sintonía del lugar mágico.

Bastarán unos cuantos días para entrar en sintonía con el lugar y poder disfrutar de la magia del Cabo Polonio en toda su dimensión. Solo hay que animarse a venir.

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