San Rafael

Los comienzos de un viaje trae una sensación increíble en mí, y más cuando el comienzo de un viaje es el día posterior al final de otro viaje. Eramos 31; 21 chicas y 10 chicos. Eramos el peine, Adri, Ari, David, Pablito, Esteban de la fotocopiadora, Chayanne, Juancito, Ema y yo. Eran Sabrina, Laura, Paz, Romina, Romi, Flavia, Euge, Paola, Cecilia, Maca, Caro, Maite, Jesi, Maia, Ana, Dolo, Diana, Nati, Yami, Mariana, Paloma y Erica (antropo).

 Y sin decir más, el 4 llegamos a San Rafael, donde nos hospedamos en el Hostel Tierrasoles, atendidos por dos personas muy copadas; Daniel y Erica. Y ahí teníamos todo lo que necesitabamos; comida, cama, espacio para el ocio, para mirar para arriba, y para todo lo que sea (para colgarse un poco también). Estaba bueno el lugar, todo de rojo y amarillo y con ambientes confortables para tirarse en cualquier lugar.

 Lo de “viaje de estudio” quedó bastante atrás desde el primer día, en que fuimos a las bodegas y a un museo de ciencias naturales, pero no mucho más. El geoviaje cumplió funciones más turisticas y sociales que otra cosa. Y no por eso hay que desmerecerlo. Pienso que muchas veces estas funciones son tan importantes o más que otras tantas. “Lorenzo” fue el lugar elegido para descontrolar la noche del jueves. Era un tipico lugar de musica electrónica de una fiesta de Gancia o Quilmes.

   El viernes la onda fue el Nihuil. Fuimos de aquí para allá viendo paisajes bellos, hasta encontrar los paisajes alucinantes y pasar el día entre cervezas Andes, rufting, atardecer de puta madre y alguna que otra discusión inevitable. Pero como éramos un grupo sabiamos que todos tirábamos para adelante, y que todos eramos uno, más que nunca. A la noche la pasamos entre pool, metegol, cervezas y otredades. No hubo tiempo para mucho más. Y tampoco hubo mucho tiempo para dormir, porque el sabado a la mañana se fueron yendo de a grupitos a hacer sus quehaceres, y el hostel padeció de desconcierto entre tantas idas y vueltas. El grupito más significativo de fue a Los Reyunos, a ver un atardecer increíble y a visitar el dique. Y que mejor para terminar un sábado que un asadazo con amigos. Lo único que faltaba era un boliche, y para alli partimos, a La Zona.

 Al otro día nos fuimos derecho al Vallle Grande, y cruzamos en Catamaran hasta una playita paradisíaca donde cada uno hizo lo que más quería hacer; tomar sol, nadar, caminar, contemplar el paisaje desde una loma, tirarse desde una roca al agua, beber cerveza, no hacer nada y algunas cosas más que no me acuerdo. La despedida entre el grupo que se quedaba en la playita y el grupo que se iba fue monumental, triste y conmovedora. Y de ahí en más todo fue rápido y a las apuradas, tanto que cuando pude descansar ya estaba en el micro que me llevaría a Mendoza City. Todo terminó el martes 9, en la terminal de Mendoza, con botellas de vino rotas a mis costados y con el olor a uva que parecía despedirme de la provincia que me marcó este año.

  Cada una de las personas que me crucé en este viaje me marcaron en algo, y conservo de ellas esas simples formas de ser que me gusta solo por ser ellos. Solo por nombrar algunos puedo nombrar a Yami, Marian, el peine, Adri, Pablito, Paloma, Maite, David, Yeni,  Sabri y Flavia.

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