Viaje a Rio, Arrayal y Bahía.

Salimos el 17 de enero desde Ezeiza desparramados en varios aviones de Varig, Aerolíneas Argentinas y LanChile hacia Río. Eramos 4; el abuelo, Guille, Bruno y yo. Si, exactamente igual al anterior viaje al norte, y la fórmula nuevamente no falló. Para las tipo 4 de la tarde habíamos conseguido reunirnos todos en la “terra da felicidade” y salimos disparados para la rodoviaria, o terminal en argentino.

 Mi primera impresión desde el avión fue:- La naturaleza es perfecta- al ver la geografía costera del país carioca. La cuestión es que en la rodoviaria no había pasajes para donde queríamos y en una decisión apresurada pero por suerte correcta nos fuimos rumbo a Eunápolis o algo así, que quedaba cerca de Puerto Seguro, nuestro (ahora) primer destino.

El viaje fue tranqui, con lluvia, con bondi medianamente bueno, y con brasileros hablando portugués por todas partes. Hasta ese momento se podría decir que no sabíamos decir dos palabras de portugués, así que mucho no se podía conversar. En Porto nos alojamos en una posada de medio pelo, en lo que sería una maratón posadística de unos cuantos días.  En la posada nos dijeron que como desayuno teníamos “café”, por lo que nos desilucionamos, pero luego nos dimos cuenta de que ese café abarcaba todo un desayuno completo de frutas, pan y no sé que más como para zafar del almuerzo.

Llegamos con la ilusión de encontrar playas con arenas blancas y mar turquesa a metros de “cidade”, pero la verdad fue otra. Las aguas eran marrones casi negras, sucias, y las playas casi no existían. En Porto para ir a la playa hay que tomarse un bondi. Lo que sí había, y que hay en todo Brasil eran cocoteros. Cocoteros por allí, cocoteros por allá, había cocoteros por todas partes, y eso le daba un toque copado al lugar. Desilusionados por el mar de la primer tarde nos adrementamos en la “noite do Brazil” que no fue la noite que nos imaginamos, sino que fue dentro de todo medio tranqui. Esa noche, en la “pasarela do alcool nos encontramos con los chicos que habíamos encontrado en Uyuni, Diego , Tanque y Manuel, que estaban con Nano y Juan. Como estaban alquilando una casa grande, nos dijeron que vayamos para allá, y fue así que a la mañana siguiente éramos 9 en la casa. Esa tarde nos fuimos a Arrayal ´da juda o algo así, en busca de las tan apreciadas y necesitadas playas paradisíacas. Las encontramos, y a pesar de que al principio se nos hacía imposible caminar por sobre los corales, luego con las antiparras y un poco de astucia le fuimos encontrando la mano. Ese día comimos en la playa todo tipo de boludeces que vendían los vendedores ambulantes , como: pelotitas de camarones, camarones, almejas, queso tipo provoleta, mixtos, arrollados de queso, etc.

 A la noche salimos primero por la pasarela do alcool a tomar unas caipiriñas y capetas, y luego nos fuimos caminando a ver a Olodum, un grupo de locos que tocan tamborcitos a coro y que son bastante conocidos por esos pagos. Estuvo bueno, pero… A esta altura el “o brigado” y el “bon dia” ya eran moneda corriente en nuestro vocabulario. Luego tuvimos que aprender el típico “Voce e muito gostosa” para decirle a las mininas en una noche de levante.La mañana del 20 salimos decididos a ir para Salvador, pero cuando fui a sacar los pasajes ya se habían acabado por lo que tuvimos que esperar al otro día para salir. A raíz de ello nos fuimos a pasar el día y la noche a Arrayal da Juda, que nos había gustado más que Porto Seguro. Fue otro día tranqui, escuchando siempre las 15 mismas canciones durante un largo tiempo, viendo (con la boca por el piso) como juegan al fut-voley con una habilidad en las piernas que parece como si tuvieran manos, intentando frustradamente interceptar algún pacito en las coreografías y también intentando sacar al menos dos pasos del forró, un bailecito de allá de a parejitas parecido a entre el chamamé y la salsa.  Otra de las cosas que hacíamos era nadar; nadábamos de día, de noche, cuando había lluvia, cuando estabamos cansados, cuando había aguas claras, cuando no, nadábamos con peces, cuando no los había también, cuando los ánimos estaban caldeados, o cuando las olas estaban caldeadas. Nadábamos siempre, es por eso que a la noche casi siempre estabamos fisurados, como la noche del 20. Pero antes de esa noche había pasado un episodio que me cambiaría un poco. Cansado del pelo de mierda que tenía, decidí pelarme mal, con hojitas de afeitar,tijera y shampoo, y a pesar de que hubo un par de imperfecciones, el corte quedo bastante bien.

 Ya el 21 nos fuimos de Arrayal, donde nos habíamos hospedado en una posada de un argentino, rumbo a Trancoso, otra de las playas “paradisíacas”. Más que paradisíacas parecía parafamíliacas, porque estaba lleno de gente, pero muchas familias, y el mar no parecía una cosa de otro planeta como anunciaban. Luego nos dijeron que las playas  posta  estaban más alejadas, cosa que no pudimos visitar porque ya esa tarde salía el bondi nuestro pa´ Salvador. Ese viaje fue muy bueno, o más bien el servicio fue muy bueno. Viajamos con aire acondicionado, coche cama, cajita felíz, agua, café, película y todas las boludeces ,incluidos unos auriculares para escuchar música funcional como en los aviones.  Ántes de viajar nos hicimos amigos de dos personajes, dos Diegos, dos neuquinos, dos cagos de risa, pero que no viajaron en nuestro mismo bondi, a pesar de que tenían el mismo destino.

 Llegamos el 22 re dormidos a la rodoviaria de Salvador , y ahí nos encontramos nuevamente con los Diegos, que gratamente estaban acompañados por unas chicas y un nene. Los 11 nos fuimos a una posada por allá en Pelouriño, un barrio tipo San Telmo, bien colonial, con raíces afro y con un 80% de gente de color, que sueña el reagge y la samba, y que danza, baila, practica o hace capoeira, un rito lugareño que consiste en estudiarse con la mirada haciendo movimientos laterales medio agachado y de repente tirarse patadas sin tocar al otro. El lugar estaba muy bueno, muy rastafari, muy negro, y también muy Brasil. La posada no estaba del todo buena, tenía muy buena vista en las dos ventanas, una que daba a la calle, y otra que daba a un bar que a la noche de montaba un escenario y se escuchaba buena música. Las habitaciones eran para 16 personas, incluyendo camas de triple piso.  Tarde y noche nos pasamos recorriendo el Pelouriño, lleno de música, bailes por las calles, procesiones de batucada y espíritu místico. Esa noche entrelazamos una conversación espectacular sobre la historia y la sociedad argento-brasilera un historiador brasilero, una antropóloga argentina y yo, un geógrafo argentino.

 El 23 de enero (nunca teníamos idea del día en que vivíamos) partimos en Catamarán los 11 rumbo al Morro do Sao Pablo, que no es lo mismo que la cuidad. Allí en la isla (o el morro) las cosas son diferentes: el pueblo es mínimo, las calles son de arena, en vez de autos hay carretillas, hay paz tranquilidad, y un paisaje envidiable, lleno de aguas claras, cocoteros, playas paradisíacas y de postales paisajísticas para donde se la mire. Nosotros los chicos nos alojamos en la posada Oro verde, a unos 50 metros de la playa, pasando unos pasillos angostísimos, que al principio daban miedo, pero luego confianza. Como de costumbre, esa noche estábamos nuevamente fisurados, pero igual tuvimos pilas para entrar a un boliche medio aburrido, y después para pasear por la misteriosa noche del morro, en la cual fuimos al muelle, y después fuimos hasta el fuerte, a pesar de que una voz tenebrosa en plena oscuridad nos advirtió que era peligroso, que no vayamos.

  Ya el 25 fue el turno de despedir a los diegos, que se iban a quien sabe donde, posiblemente  a Recife, con el objetivo futuro de llegar a Venezuela, y allí hacer la “América”. Y fue este día cuando cumplimos un objetivo bárbaro: estábamos en plena caminata hacia la playa cuatro o hacia algún lado, cuando divisamos a lo lejos (muy lejos) una islita a la cual se podía llegar nadando, y ni lo dudamos; nos sacamos la ropa, nos pusimos las antiparras y paf!, a nadar. Fue realmente emocionante nadar ese trayecto, los 4, con puro huevo, nadando contra la corriente que aveces se ponía fulera. Lo más lindo fue que cuando llegamos nos dimos cuenta que después teníamos que volver, pero igual tomamos coraje y lo logramos de nuevo. Luego de la travesía uno se puede imaginar que nuevamente caimos fisurados en la playa 4, hasta ántes de ver el atardecer violeta y rojo en el fuerte, que sabe mezclar los cocoteros , la historia de la isla y la belleza de un atardecer que invitaba a disfrutar. A la noche se armó una tipo rave con lluvia frente al mar, muy loca.

  Para el 26 decidimos ir a gamboa, una playita del otro lado de donde íbamos habitualmente, para ver que onda. El tema es que un camino incorrecto nos derivó para una favela no muy copada, los ánimos se colmaron, bruno se volvió, y nosotros tres nos quedamos buscando ahora la fuente de Zeus, que no sabíamos ni lo que era, pero que un guía de unos 7 años nos quería llevar allí a cambio de unos cuanto reales. Después de ir por caminitos cada vez más fuleros, desistimos seguir por ahí y retrocedimos hacia donde habíamos dado el mal paso. Ahí si que encontramos el rumbo, las playas, las rocas de cerámica, los baños de cerámica y finalmente las playas de gamboa. Todo terminó con otro atardecer de postales, y con una nueva y repetida palma a la noche, de la cual casi no pudimos levantarnos.

  A la mañana siguiente, día del cumple de Bren, nos fuimos para Salvador en bote lento- micro- ferry- bondi, y gastamos 3 veces menos que la vez que habíamos ido en Catamaran, pero tardamos 3 veces más, así que ninguna de las dos opciones era una mala idea.El tema era que era domingo en Salvador y no estaban ni los perros por la calle, estaba todo cerrado, y recién a la tardecita se empezó a poner copado el clima de la cuidad. Igualmente a la noche no hicimos gran cosa y nos preparamos para lo que al otro día sería el viaje a Río. Después de una vuelta larga que dio el bus que nos llevaba a la rodoviaria, que se pareció a un city-tour justo por las partes por donde no conocíamos, llegamos el 28 a tomar el bondi pa´ Rio, que estaba bueno. Para el 29 a eso de las 6 o 7 de la tarde estábamos en Río, donde fuimos a parar a Chalet Hostel creo, un hospedaje en Copacabana bueno pero con gente muy amarga y ortiba (excepto Cristiane). Al principio nos dieron un garage para dormir, pero luego nos mudamos a una habitación como la gente.

 El 30 ya nos tocó despedir al abuelo que tenía como destino Baires por cuestiones laborales, así que no tuvimos otra que seguirla sin él. A partir de ahí nunca más se cocinó como la gente. De la despedida nos fuimos derecho al mar, que no estaba tan mal como creía, sino que era de aguas claras, bastante copado, lo único que el agua era un poco más fría que en otros lugares. De ahí nos fuimos al hostel, y después nos mandamos para el corcovado, con la idea de ir caminando, pero con la decisión final de tomarnos en bus hasta arriba.  La vista desde allá estaba buena, y el corcovado también, pero no es lo “super” que me imaginaba. De ahí nos fuimos a Leblón , para después ir pateando hasta Copacabana, que les puedo asegurar que es un tramo considerable. Tanto, que a nuestro hostel llegamos bastante de noche. Para el último día de enero decidimos matar todos los cartuchos en las playas de Copacabana, pero luego de nadar mucho y recibir energía solar en demasía, ya a las 3 o 4 de la tarde Guille y yo nos habíamos vuelto al hostal porque el sol mataba. Y fue por esa tarde cuando comenzamos a hacernos amigos de todo el mundo dentro del hostel, que luego se fueron multiplicando y ya no se ni cuantos conocí, ni con quién la pasé más copado. La onda se empezó a poner muy buena y no paró hasta el final.

 La tarde pasó y la noche llegó. Primero fuimos (pero sin Bruno ni Guille, que para la ocasión estaban palmados, hechos mierda) a dar una minivuelta por Copacabana, y luego fuimos con un par de extranjeros, amigos y no se que a Lapa (no, no es la compañía aérea), que es un lugar donde hay muchos bares, mucha gente, mucho clima latino, y por momentos un clima un toque denso, especialmente cuando comenzaron los disparos. A la mañana siguiente Bruno me susurró algo, pero para la ocasión yo no entendía nada. Supongo que me habría dicho que se iba, si necesitaba algo y esas cosas, pero para el momento lamentablemente yo no tenía ni las fuerzas ni la lucidez para contestarle. Se fue en un día de mierda, con mucha lluvia y sin tanta despedida. Guille se fue un toque más tarde, luego de meternos en el mar, contemplar por última vez el mar. Para la noche se venía corriendo la bolilla de que se iba a ir a Salguero, una escola do samba, en sus ensayos. Y ahí no faltó nadie, había gente de Argentina, Chile, Brasil, Estados Unidos, Canadá, Australia, Paraguay, India, Alemania, Polonia, Hungría, Inglaterra, y no se que otro país más. La fiesta estuvo excelente, la típica canción de Salguero se grabó en nuestras cabezas, y los pies nos quedaron mareados de tanto moverlos. Pero a pesar de que la fiesta estuvo excelente, la pos-fiesta en la playa estuvo mejor, junto al mar, Argentina, Brasil, USA, Alemania y Polonia.

 Es que el 3 de febrero, mi último día en Río, yo no esperaba grandes cosas. A la mañana fui a correr tal cual como lo hacen todos allá, nadie deja de hacer deporte, y la cosa se puso un poco más fantástica cuando comenzó un chaparrón de la puta madre, y yo seguía corriendo, al mejor estilo Forest Gump, hasta que me cansé y volví a casa. A la tarde nos fuimos el inglés chileno, el yanqui porteño, un chileno , dos chilenos y yo a ver el partido Flamango-Botafogo, partidazo, con final 4-2 en contra del equipo más popular de Brasil. De ahí nos fuimos a comer algo, luego a ver una exhibición de Bella Flor en plena playa Copacabana , debajo del agua que caía por doquier, luego a ver ir bailar con otra escola que pasaba por las calles de Copacabana, y luego nosé, por ahí…

 El 4 de Febrero por la mañana agarré mi mochila, todas mis cosas, me fui a la playa de Copacabana a esperar el bondi, y partí hacia el aeropuerto de vuelta a casa.

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