Recuerdos de inviernos en el mar

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Mar en invierno

Mar con amigos

Un tren de larga distancia hacia un pueblo costero en clara temporada baja. Muchísimo frío. Demasiado, casi que no daban ganas de salir de la casa. Una radio casi siempre prendida, casi sin publicidad y con muy pocas partes habladas por locutores. En dos días no pudimos dar cuenta que la radio tenía solo dos locutores en total, y muchas veces pasaban horas seguidas sin siquiera meter un bocado, signo que en la radio solo estaba el operador de turno pasando música y nadie más.  En las semanas posteriores a las vacaciones de invierno, casi todos se habían ido de un Pinamar desolado, y solo quedamos nosotros 6 en un departamento de dos ambientes a unas pocas cuadras de la vieja terminal, que era chiquito pero que nos servía para retener el calor del hogar con las remas y las piñas que juntábamos de alrededor de la casa. No entiendo cómo fue que casi ni fuimos al mar estando más o menos cerca. Recuerdo que siempre preferimos el bosque para caminar, que estaba ahí nomás de salir del departamento. En cambio, el mar estaba como a 10 cuadras, que era muchísimo, además de que el frío y el viento nos daban la garantía de que nos íbamos a congelar frente a las olas.  Con las ventanas cerradas con los postigones para que no entre el frío, la luz de la casa estaba siempre prendida y desde adentro no distinguíamos el día de la noche. Comimos una primer comida a las 3 o 4 de la mañana, que no sabíamos si era cena o desayuno, y después todas las demás comidas fueron confusas. Tampoco estábamos muy obligados a mirar el reloj. Nadie nos apuraba, y como todavía no era la era de los teléfonos celulares ni de las computadoras portátiles, ni de la televisión en la casa de playa, todo se reducía a creerle a los dos que llevaban un reloj de pulsera encima.  Recuerdo que la vestimenta predominante en nosotros era el pantalón de gimnasia, doble media, las últimas de lana o de futbol, y un sweter de lana.  Nuestra vestimenta creo que no cambió en toda la semana. La música, los juegos de mesa, y las largas charlas de unos adolescentes con muchísima capacidad para hacer volar su imaginación fueron los mejores pasatiempos de ese viaje al invierno y más allá.

Mar en pareja

El mar en pareja me recuerda a la película “eterno resplandor de una mente sin recuerdos”. Mar frio, playa desierta, una casa muy pegada al mar, arena que traspasa sus límites permitidos, y mucho abrigo que no permite distinguir siluetas, y transforma en muñecos de nieve a los personajes junto al mar.  Una cámara, fotos en blanco y negro, vaya a saber uno porqué, sorbos de bebidas calientes, de tés, cafés, mates, sopas. Comidas caseras con las provisiones que llevamos en una canasta y que alcanzaron justo para los días que estuvimos. Imágenes borrosas de ventanas con vidrios empañados por la diferencia de frio entre el afuera y el adentro. Salir para lo estrictamente necesario. El resto en la cama, de la cama al living, del living a la cocina que sería el mismo ambiente, y de ahí nuevamente a la cama.  Con la llegada de las estufas la habitación se convirtió en la gloria, porque a pesar de que hacía un frio que congelaba las manos, adentro podía estar leyendo un libro en short y remera tranquilamente.

A la hora de ir al mar había que buscar un reparo del viento. A veces subirse a la cabina del bañero era la mejor manera de contemplar el mar bien de cerca y reparado del viento. Otras veces nos íbamos detrás de los arbustos, y si era un día relativamente con sol, hasta nos podíamos dar el gusto de tomar unos mates en una mantita frente al mar. Y sino también visitábamos los balnearios vacíos por no ser temporada. Me gustaba visitar esas construcciones que en pleno enero siempre se llenan de gente, y verla totalmente desoladas y con arena que tapa las puertas y ventanas.

 

Mar solo

Agarré el auto y me fui para allá. 5 horas conmigo mismo con el auto en la ruta solitaria me causaba un poco de miedo, a decir verdad, pero un poco de música fuerte hicieron que el tiempo pasara bastante rápido y cuando me di cuenta ya podía sentir el olor a mar en el aire.  Una semana solo conmigo mismo, casi un retiro espiritual, porque no tenía muchas intensiones de charlar con nadie, y así fue. Mis mayores conversaciones fueron con el verdulero que me recomendaba que fruta y verdura estaban en buenas condiciones para comer en el momento, y con el perro de la playa que prestaba su oído para escucharme mientras yo hablaba con con el aire de mar mientras veía la espuma acercarse a la orilla y algún surfer loco desafiar las frías olas.  Un día la pasé mal y casi me pego la vuelta. A veces tanta soledad pega para cualquier lado, por eso hay que estar fuerte mentalmente para poder estar solo consigo mismo. Todavía no eran los tiempos del whatsap fácil, y encima estaba en una transición amorosa que no terminaba ser de una ni de otra. Ahora que recuerdo aquel viaje, me recuerdo siempre sentado en un médano mirando el mar y un perro negro mirándome esperando que juegue con él, o simplemente haciéndome compañía porque los perros de playa son los más buenos del mundo y posiblemente los mejores psicólogos de la costa. También caminé sin rumbo por los negocios de Cariló, casi todos cerrados, y alguno que otro abierto. Entraba al que estaba abierto, solo por curiosidad, para matar el aburrimiento y el frio, miraba lo que vendían, y salía. Y caía en la trampa del consumo, claro. Así fue que compré varias cosas que no necesitaba, pero las terminé comprando igual, como unos sahumerios, remeras, y un traje de neoprene por si tenía ganas de meterme al mar en invierno (no, no me metí al final). La caminata por el mar dependía de las condiciones del viento. Siempre caminaba con el viento a favor cuando iba por el mar, y cuando volvía, que tenía viento en contra, lo hacía por “adentro”, por las calles de Valeria o el bosque de Cariló.

 

La casa del mar

Siempre me gustó tener una casa al lado del mar. Antes no solo estaba al lado del mar, sino que también estaba frente al bosque, porque lo único que había en frente de casa eran arboles gigantes y unos pequeños pasadizos solo para los atrevidos, que generalmente éramos los pequeños. La casita no tenía casi nada adentro y era muy fácil entrar. Solo había que forzar un poco una ventana y se entraba a la casa. Varios entraron durante algunos inviernos. Nos dimos cuenta porque una vez se llevaron unas cucharas, y otra vez 3 vasos. Como prácticamente no había nada de valor tampoco le dábamos mucha importancia a esos robos invernales. Después llevamos una televisión y tuvimos que cerrar mejor la casa.

Con los años la casa empezó a tener vecinos, cada vez más vecinos, hasta que nos metieron dos terribles hoteles de 6 pisos entre nosotros y el mar. La municipalidad permitía solo construir hasta dos pisos, pero como los dos tenían amigos en la Municipalidad hicieron lo que quisieron y nadie les dijo nada. Así pasa en Argentina con todo.

Siempre le tuvimos un enorme cariño por todos los recuerdos que vivimos ahí, desde muy pequeños con nuestros abuelos, hasta ya adultos, con familia.

 

 

Mar en familia

Copa América del 91 en Chile. Batistusta, Caniggia y Latorre la rompían en la selección. Con mi viejo íbamos a un restaurante italiano a comer pastas y veíamos los partidos. Otro frio incalculable. Momentos de incertidumbre familiar que se hacían más leves yendo a congelar los recuerdos a la costa, yendo a Mundo Marino, a Villa Gesell, a Sierra de los Padres o a Valeria del Mar. Siempre con mi viejo que era el que tenía auto y nos llevaba. En menos de 3 horas llegábamos con el Renault 18. 180 km por hora lo ponía. Un animal ahora que lo pienso. Para nosotros era súper divertido porque los autos que pasábamos estaban como parados. Jugábamos a tratar de adivinar los números de las matrículas de los autos que pasábamos.  Siempre llevábamos a alguien más además de mi hermano y mi hermana. O un amigo de la primaria, o un amigo de la vida, o una prima. Una vuelta nos llevó a pescar, porque él era un fanático de la pesca, aunque no consiguió transmitirnos esa pasión a los hijos. El frio que pasamos en ese barquito congelado en medio del lago lo recuerdo hasta el mismo día de hoy. No veía la hora que termine la aventura de asesinar algún pez como diversión. Creo que por suerte no pescamos nada ese día.

 

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