Querida ciudad

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A nuestra querida suicida, sucia, quiero decir, querida ciudad:  

Hoy amanecimos con la triste noticia de la muerte de Inesita, la hermana de la reina de Holanda. Se habría suicidado dicen las primeras investigaciones. La ciudad de Buenos Aires se la comió. A pesar de que su hermana reina le había dicho varias veces de ir a vivir allá, donde tendría todos los problemas solucionados, ella se quedó en la ciudad de la furia, donde murió. Perfil bajo y con marcada tendencia a ser amiga de esa maldita enfermedad silenciosa que azota las ciudades llamada depresión.  

 Todavía no entiendo porque no me voy de la maldita ciudad que me atrae tanto como supongo que lo hará la cocaína. Sé que la odio, pero también sé que no puedo estar sin ella. Todos los días metido en el puto tren, la mayoría de las veces repleto de gente, de virus y enfermedades contagiosas que me están esperando en cada asiento, caño o apoyamanos.  Pero también dentro del tren es donde más me compenetro para leer cada libro que devoro. Y es ahí donde vi las caras que nunca voy a olvidar, las situaciones cotidianas más cercanas que si no fuera por la corta distancia entre las partes nunca siquiera las hubiese visto.

 El gimnasio o el running callejero me despejan la mente cuando ya estoy demasiado quemado. Y entre medio de esa limadura el correr ayuda.  Me gusta correr por la noche, en las calles vacías, donde nadie sabe de mí y yo soy parte de todos diría Gustavo.  Sirve para pensar, para absorber las sensaciones durante el día, para licuar emociones. Es un antidepresivo natural. Lo bien que le habría hecho a la pobre Inesita. Y también me sirve para dormir durante la noche, sino el insomnio se puede apoderar de nosotros y en un par de días sin dormir que se convierten en una bola de nieve, nuestras defensas se van al tacho y ahí quedaremos enfermos de nuestra ciudad, tirados en la cama y con el control remoto en una mano y el teléfono celular en la otra.  Prefiero evitar eso, por eso corro.

El trabajo es un mal necesario. Me sirve para poder entrar a un cajero automático con una tarjeta, poner un par de códigos establecidos, y retirar papeles con los que puedo comprar más o menos lo que quiero. Y para ir al supermercado, a un bar, o a una librería y con una tarjeta también llevarme lo que quiero. Ese es el mayor beneficio que me da el estar dentro de una oficina durante 8 horas sentado frente a una computadora.  Por momentos pensé en irme a algún pueblito mágico frente al mar o frente a las montañas junto a un lago, y trabajar de lo que me apasiona y que me de la misma plata que esto que hago. Pero no, no lo conseguí hacer nunca, será que no es lo mismo, o por lo menos todavía no lo puede conseguir.

  Cuando voy con el auto por la autopista por la noche no puedo entender lo grande que puede ser una aglomeración. Kilómetros y kilómetros y kilómetros. En mi cabeza siempre me la imagino oscura y con luces. De pronto todo se traba. Quedamos parados. Nunca sabemos quien causa los quilombos en la ciudad. Cada uno le hecha la culpa al otro, y nosotros nunca tenemos la culpa necesaria. Puede ser un corte de ruta, lo que nos podría dejar ahí unas 4 o 5 horas tranquilamente. O puede ser un choque, y como a la mitad de los coches les encanta mirar la desgracia ajena, eso también nos haría perder muchísimo tiempo. El stress se dispara y yo no entiendo que hago en la ciudad. De pronto el tránsito empieza a fluir a cuenta gotas, y todo ese nerviosismo se empieza a disiparar, o por lo menos eso es lo que yo quiero creer.  Si estoy solo en el auto pongo música demasiado fuerte y soy un Eddie Vedder en potencia adentro de un agile entre medio de las luces de la autopista de esta maldita ciudad.

Camino desde la estación de tren a mi casa y veo a un chico un poco alterado escarbando en la basura. Agarra la bolsa, la rompe en la vereda, y hace un examen de unos pocos segundos para ver que le sirve.   Sigue con el siguiente tacho de basura, rompe toda la bolsa como un nene rompe su el papel de su regalo de cumpleaños, y sigue caminando casi sin mirar que contenía dentro. Parece que se dio por vencido, pero le quedó el tic de abrir regalos y rompe todas las bolsas de basura de la cuadra siguiente. Los basureros no levantaran nada de todo eso. Quizás lo limpien lo de la limpieza municipal al otro día.   Toda la basura de la ciudad la voy consumiendo inconscientemente por dentro, y me propongo ir a yoga para poder entender mejor algunas cosas inentendibles de la ciudad.  Cierro los ojos, estiro el cuerpo, crujen los músculos, los huesos y la cabeza, y de a poco, mi mente se relaja en los últimos 15 minutos de relajación con el yoga nidra, donde tratamos de poner la mente en blanco y lavamos un poco la mente para hacer de cuenta que lo malo no es tan malo.  

Encerrados en uno de los miles de cubículos convertidos en departamentos que tiene nuestra urbe, la electricidad y la tecnología nos estimulan y nos anulan para que estemos mucho más tiempo del que querríamos frente a una pantalla gigante, que de ahí pasemos a otra más pequeña, y que nunca abandonemos nuestra pantalla más chica, nuestro espejo negro capaz de crear los peores malos hábitos.  Ahí nos hacemos amigos de personas que nunca conoceremos, le ponemos corazones a quien ni siquiera sabe que existimos, y somos capaces de generar un amor platónico por un perfil de un avatar que capaz ni siquiera existe y solo es un invento de un gordo fanático de la tecnología comiendo pizza y que creo perfiles falsos para generar dinero vaya a saber cómo. Adoro la tecnología. Es tan adictiva que hasta dejaría de comer por días con tal de generar likes…  (ven, ya me atrapó de nuevo y estoy diciendo cosas que no querría).

 Me desplomo en mi sofá, y a pesar de que quiero poner una canción de Spinetta, la tecnología me gana la pulseada y me sugiere cosas que yo nunca le pedí. Otra vez me ganó, y Alan Walker está sonando a todo volumen en el Youtube del Smart tv. No se si es una chica, o un chico, ni de donde es. En todos sus videos tiene una capucha puesta, y a pesar de que quien canta es una chica rubia, nunca supe si es ella o quien es el verdadero Alan. Solo se que en casi todos los videos tiene una capucha y que camina solo por una ciudad moderna en ruinas y demasiado tecnológica. Apago la tele, me pongo el buzo con capucha, y salgo a correr, a desafiar la noche, en esta puta ciudad.

 

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